29 de enero de 2011

Percepciones

Poco quedaba de sol sobre la costa lacustre. La bahía, que sabía hacer de refugio contra el viento patagónico, estaba atrincherada entre cerros cordilleranos que sensuraban las últimas horas solares. Caminaba sola en ese tupido bosque coihues, iba un poco ofuscada por los detalles de la convivencia y no sabía bien qué buscaba avanzando hacia el otro lado del camping.
De cualquier manera, al Este estaba el lago, y para el resto de los puntos cardinales el paisaje era boscoso. El piso estaba húmedo y las zapatillas se le hundían en el barro y las hojas secas. La linterna y la cámara de fotos eran los únicos aparatos modernos que había en la escena. Se sentía intrusa en ese terreno con aspecto virginal. Escuchaba el toc-toc de los pájaros carpinteros en algún lado, pero no lograba individualizar la rama en la que estaban. De fondo, en tono muy suave, las olas del lago llegaban a la orilla. Era un murmullo irregular que generaba esa sensación de ‘contacto con la naturaleza’ de la que tanto hablan en las revistas de viajes, camping y pesca.
A medida que caminaba los árboles se iban cerrando más y el sendero estaba cada vez más difuso. No tenía noción del tiempo que llevaba allí y tampoco le preocupaba. Se veían rastros en la ladera de un pequeño alud de barro, probablemente a causa de las lluvias de estación, particularmente fuertes este verano.
Andaba como de visita, todo le parecía maravilloso y perfecto. Se sonreía sorprendida por la graciosa forma en la que estaban creciendo algunos coihues, o los colores fluorescentes de ciertos mosquitos. ¿Cómo habrán llegado acá los que primero llegaron? ¿Qué habrán pensado? Se imaginaba las respuestas, atenta a no tropezar con las raíces.
Un gran árbol había caído, se veía de lejos, y por el tamaño del tronco era fácil decir que tenía muchos años. Pensó en el estruendo que semejante bestia habría ocasionado en su caída, y dudó de que alguien hubiera escuchado. A un metro de distancia cambió el panorama, ese coihue nunca había caído; no, sólo había crecido en forma horizontal y estaba vivo.
Calculó que tendría al menos cuatro metros de largo, desde las raíces hasta el lago, donde ahí sí, se elevaba y desplegaba sus ramas. Ése árbol había elegido crecer mirando el lago, y eso no le había impedido desarrollar un tronco de más de un metro de diámetro y una copa, incluso más frondosa que las demás. Necesitó tocarlo, verlo de cerca, sacarle fotos, y hasta caminar por el. Se sentó con dificultad en una de esas ramas y allí se quedó contemplando el lago, valorando ese tesoro secreto.
Al volver al campamento, ya de noche, decidió que debía compartir ese mágico lugar, hablar de ese árbol sin descubrir, de lo increíble de haber estado ahí. Se acercó a su amiga, le mostró las fotos, le explicó cómo llegar, qué se sentía haber caminado por ahí, todos los detalles que hacía único a ese árbol.
Su amiga la escuchaba con una sonrisa, y no interrumpió en ningún momento el relato, esperó a que terminara, y con un tono natural, sin demasiado entusiasmo le respondió: viste un árbol, sólo eso…  

12 de enero de 2011

Los reales



Andaba la Gente fuera de moda cada uno diferente, todos mutilados. Eran las cabezas un espejo sentimental. La vitrina de cicatrices y trofeos…
Las vivencias afectaban tanto a la Gente, que en lugar de intentar ocultarlas necesitaban imperiosamente exteriorizarlas. Crestas, rastas, trenzas, extensiones y otras morfologías extrañas eran cotidianas. Nada había de estético en aquello, pero se sentía tan plena la Gente sin ocultar sus desazones y expectativas que el collage que les quedaba en el cabello había perdido toda importancia.
Quizás por eso, era la Gente más sonriente y menos conflictiva. Misteriosamente, a pesar de tener esos laberintos por peinados, todos se veían iguales…Nadie tenia la totalidad de sus pelos largos, ni lacios, ni homogéneos.
Rídiculos, eso eran, y sin embargo, se comprendía esa gente como nunca nos comprendimos los modernos.

13 de octubre de 2010

En penitencia

Y esquivabas el papel pensando que así no pensabas, y apretabas los dientes aún en sueños por no decir…Conseguiste cerrar los ojos, pero no los oídos, y la voz estaba en tu cabeza. No era la radio, no sonaba la guitarra, no jugaban los nenes en el parque, el grito era propio. Lo imaginaste susurro, lo quisiste dormir entre arrullos, pero ya en el fondo sonaban los alaridos.
No controlabas las muecas, ni dejabas de fruncir el pecho. Sabías bien cerrar los ojos y cantar. Y así y todo no ahogaste el alarido. Era una autopista en la cabeza, un tren y mil bailarines de malambo. La perfecta orquesta de chatarra desvanecía el mundo alrededor y bloqueaba todo lo demás.
Y vos, con la pared blanca en frente, show must go on decías, pero no escribías. Morías por un caparazón para encerraste y seguiste con la boca cerrada, jugaste a ser avestruz hasta que te quedaste sin aire.
Ahora, en pleno mareo ves chocarse las cosas que antes estaban quietas. La quietud ahora es tuya, una parálisis absoluta y avergonzante.  Cobarde!, pensás. Te odias y seguís viendo el mundo fuera de tiempo. Cómo se vuelve del exilio de la conciencia, te preguntas. Pero sólo te oís gritar, aullar, gemir, explotar. Al borde de la asfixia, te repetis: Cobarde!. Quedan lapiceras por gastar, queda mundo por ver, y vos… miedo tenés?

Llora. Son sólo fantasmas.

18 de agosto de 2010

Escapismos



No quiero saberte más.
Por hoy me aburrí
de que no me dirijas la palara,
y me ignores con alevosía.

Así que cuando el silencio te atragante
y no soportes mi ausencia
tendrás que escribir incansablemente,
porque yo ya no quiero saberte más.

Aunque vengas con los ojos llorosos,
y tengas ya los pies mojados,
por más de que enternezcas hasta los cerros
no quiero saberte más.

Podrás buscarme en el mundo,
me encontrarás con facilidad...
Y podrás ser muy sincero,
pero no quiero saberte más.

Para el próximo eclipse
ahorrate un largo viaje,
ya no me busques en la luna llena
pues no quiero saberte más.

Y cuando entiendas a la distancia
que nunca dije lo que sentí,
que sí necesitaba saberte cerca
no podrás saberme a mí.

11 de junio de 2010

Hasta la Eternidad

Y se preguntaba cuántas veces más pasaría por lo mismo. ¿Cuánto tiempo es eternamente? Eso es lo que debió preguntarle al jurado Divino luego de escuchar su condena.
Resignada a lo que venía después mantuvo su cuerpo con total serenidad, tanta que los que pasaban a su alrededor suponían que estaría en estado de shock. Los guardias no le dirigían la mirada, quizá era por lástima o quizá porque nunca se habían detenido a mirarla. Recordaba entonces sus peores finales, no estaba segura si podía establecer un ranking de crueldad, porque todos habían sido espantosos.
Hacía siglos que sufría su castigo y había olvidado el motivo por el que había sido sentenciada. La muerte más antigua que recordaba era la de un inocente de lo que se creyeron las Indias. Capturado junto a un compañero mientras pescaba, no tuvo ni el derecho de ser considerada humana. En ese momento se convirtió en una de las primeras entre los suyos en sentir el ardor de la pólvora al estallar dentro de la piel. Fue inmediato, no pudieron contra esa gente que por alguna extraña razón confundieron con dioses. Eso era del pasado, ahora se preparaba para algo similar, pero seguramente más doloroso.
Más de una vez estuvo en la piel de un estudiante. Lo sorprendente de ellos era su entrega, su compromiso con la causa, su fe en la utopía, la necesidad de unión para la lucha. En esa ocasión la primavera estaba terminando y para ser mayo, hacía mucho calor. Nuevamente, sin saberlo, estaba haciendo historia. Años más tarde todos recordarían el día en que los estudiantes salieron a reclamar lo que les correspondía. Y volvió a salir del recuerdo profundo, es que ahora estaban abriendo su celda, por fin venían a buscarla, no le quedaba más de una hora de esta vida.
Su final favorito, pensaba mientras evitaba pensar en el presente, había sido el de Sophie Scholl. A pesar del dolor y la humillación previos, ella representó la esperanza e inocencia de una universitaria que luchó hasta el último segundo por la igualdad de las personas en Munich. Una fuerte voz la trajo al ahora y mientras alguien leía lo que debían ser sus derechos, ella se preguntaba cuál sería su próxima aventura. El castigo divino era demasiado para ella, sintió entonces que no había nada peor para un alma que la condena a la muerte del hombre en manos del hombre por el resto de la eternidad.
La silla eléctrica fue encendida y luego de las convulsiones y el profundo dolor que invadió ese cuerpo quedó liberada. Vagabundeó por algún tiempo hasta que cayó en el cuerpo de una mujer en algún lugar de Medio Oriente. Mañana sería torturada hasta la muerte por haber sido violada.

20 de abril de 2010

En el fondo de un cajón.

Dos bocas, guardadas en una caja pequeña.
Un cajón, con mil cosas gastadas que nadie vino a buscar;
y esa caja pequeña que cierra con cinta bebé.

Inquietas, pegoteadas, revoltosas, altivas, milagrosas

Hay dos bocas mudas en el fondo de un cajón sin  llave
Es el cajón guardián de los tesoros invisibles,
que por dentro encandila: algo brilla, debe ser.

Voladoras, absorbentes, cálidas, dulces, mimosas

Hay una boca roja al lado de otra boca roja
en un no-tiempo impredecible, en el fondo de un cajón.
Huele a chocolate en esa caja pequeña cerrada con cinta bebé

Ansiosas, inocentes, caprichosas, paganas, amorosas

8 de abril de 2010

Efímero existir

“Lo que no se dice no existe
Y somos lo que alguien más piensa”
Explicó, convencida, quien no se sabía escuchada
Y evidenció con ligereza lo fácil que es dejar de existir:
Es simple, silencio.
Como en una tormenta el miedo invadió todo.
Dudas. Vulnerabilidad absoluta.

Lo que sentimos no es más que eso,
Una impresión, una huella.
Frágil, a punto de caer en el olvido
¿Y si eso sucediera?
El silencio, el olvido, la petrificación
No es; no haber sido; no ser…

¿Qué pasaría si te dejara de soñar?

Alguien más lo haría después
Y volveríamos a sentir
A saber nuestra debilidad, a necesitarnos deseados
A ser instantes, paraísos pasajeros
Pedacitos de recuerdo que un día no estarán.

25 de marzo de 2010

Postales


Ahí estabas, solo, ignorando al mundo.







No necesitabas nada más; la rodeabas con el brazo, la pegabas a tu cuerpo con firmeza y con suavidad de terciopelo deslizabas de a uno tus dedos. La acariciabas. Y en cada caricia te entendías con ella como con nadie más. Entonces, cada segundo era único, mágico.
Tus ojos descansaban con disimulo y el placer de tu mirada hacia de sonrisa a tu cara mientras que tu boca murmuraba canciones que eran sólo para vos. Estabas tan ahí...
Te unías a la guitarra y desvanecías tu alrededor. Encontrabas en un acorde la felicidad que otros buscan toda la vida. La expresión más pura y transparente de lo que eras. No había miedos, ni tiempos, ni responsabilidades, ni nada más que la armonía absoluta de la música.

Y yo, ajena, disfrutaba en secreto de esas melodías como el regalo más especial. Siempre adoré esos momentos que no salían en ninguna foto... que eran sublimes... que eran sólo tuyos

25 de febrero de 2010

Entre paréntesis



- Esperá, esperá, sos vos... Sí sos Ella!
Morena se frenó, en parte para intentar reconocerlo y en parte porque la tenía agarrada del brazo. El movimiento de las luces no la dejaba ver con claridad y el amontonamiento de la gente la tenía fastidiada.
- Vos quién sos?. Le contestó sin sonreir
- Me llamo Agustín - Explicó mientras la agarraba con seguridad por la cintura, reduciendo la distancia que había entre ellos- ¿No me conocés? Vos sos Ella!! No sé tu nombre, pero sos Ella. ¿No lo estás sintiendo?
Morena despegó la mano de su cintura con asco, dio un paso para atrás, pero siguió con la conversación.
- Ahhh... ¿Qué tengo que sentir? Morena me llamo y no se quién sos, capaz nos cruzamos alguna vez. Decime de dónde me conocés. 
- Desde siempre te conozco! Sos Ella!! ¿Sabés todo lo que te busqué? - Ahora la tomaba de la mano - Vos no sentís la magia?
- ¡AY! No te puedo creer, con mariposas en la panza y todo! - exageró la burla. El lugar estaba lleno, y todo el tiempo había alguien que empujaba. Sin embargo, él se las arreglaba para mantener sus ojos clavados en los suyos.
- En serio te estoy diciendo. -Simuló que se ofendía mientras se mordía los labios, aunque no dejaba de mirarla con ternura - ¿Qué tengo que hacer para que me creas?
- Nada, no hagas nada...No te voy a creer. ¿Qué querés que te diga, que sos El y salte a tus brazos?
- Es que sos Ella, y lo sé, querés que me arrodille para que veas que digo la verdad?
Morena lo frenó cuando ya estaba cerca del suelo. 
- No te arrodilles, no tiene nada que ver, además el piso esta muy sucio. Ya fué, querés que sea Ella?-curioseó divertida.- O.K. Soy Ella, listo? Ahora sigo yéndome para allá.
Agustín tomó su mano con más firmeza: - Es que no entendés! - seguía mordiéndose el labio - Sos Ella! No te podés ir, hace mucho que te busco.
- Sí, sí...Me imagino. Seguro ya no te acordás ni de mi nombre. Basta con eso de los pajaritos de colores, daaale! no me mientas. Esto es un boliche y no hay chance de que te crea. Esas cosas no pasan, y no van a pasar justo acá.
Sin dejar de mirarla con ternura insistió: Sí, Morena te llamás, pero no importa tu nombre porque sos Ella. Hace un montón que te busco, me tenés que creer. ¿Cómo no me vas a creer?
- More, nos vamos, perdemos el cole sino... Venís? - Interrumpió una desconocida que cumplía el rol de amiga. Ella asintió con la cabeza y volvió a la conversación anterior.
- Bueno... Él - cortó la fantasía Morena - Me voy. Me están esperando y no tengo carroza para volver a casa, sabés?
- Cómo que te vas?! no te podés ir, por favor - Agustín casi se le pegó - Sos Ella. Dame un beso, así vas a darte cuenta de que no miento. Los besos no se pueden mentir.
- Ja! mirá vos...Bueno yo tengo otra idea. Si realmente vos sos Él y yo soy esta famosa Ella nos vamos a volver a cruzar, pero ahora yo te voy a reconocer. 
- Es que no entendés, mañana me voy, yo vivo en Córdoba. Si no te doy un beso ahora y me sentís y descubrís que no te estoy mientiendo, cuando vuelva a verte ya no te vas a aordar de mí y probablemente sea tarde. ¿Tanto te cuesta darme un beso? ¿En serio no te das cuenta de que sos Ella?
- Mirá... Me voy, me están esperando. Será que no somos...
- Un beso, nada más. No entiendo qué podés perder. ¿No vale la pena intentarlo?
Morena cerró los ojos y terminó con los centímetros que los separaban, lo besó. Unos segundos después se separó. 
- Me voy, chau!
- Sos Ella- Le dijo Agustín con una sonrisa mientras sentía cómo la punta de sus dedos dejaban de tocarse con los de Ella.

Mientras esperaba en silencio el próximmo colectivo, Morena se preguntaba si lo volvería a ver. Estaba casi segura de que él no era Él y ella no era Ella. Pero entonces... ¿Por qué lo había besado? Tan débil era a los chicos de ojos verdes?, que se dejaba llevar por cualquier cararrota... Tan poco valían sus besos?, que los entregaba sin mayor discusión a cualquier desconocido... O es que de alguna manera esperaba ser Ella, aunque más no fuera por un ratito? Dá igual, pensó, un paréntesis a la vida nunca viene nada mal.

5 de febrero de 2010

Travesías


Todo era árido, sólo un par de árboles en el horizonte de los alambrados siempre lejos, cada tanto había algún par de corderos pastando cerca. La aguja del velocímetro no lograba superar la rayita que marcaba el 100 y las horas de viaje hacían parecer que el mundo se movía en cámara lenta. Nada sucede cuando uno está arriba de un Renault 18, al menos nada que merezca mayor atención.

Era la hora de la siesta, pero es difícil dormir en enero cuando se viaja en compañía de 4 personas más bien robustas, en realidad uno se siente dentro de una lata de atún y la cantidad de kms que faltan hasta la próxima estación de servicio se convierten en el hecho más importante del mundo.

Así, aburrido… lisa y llanamente aburrido era el viaje que estábamos haciendo. Atravesar la provincia de Oeste a Este resultó no ser tan emocionante, y llegar a la costa ya no parecía un destino válido para semejante travesía por las desérticas rutas patagónicas.

Mi celular iba a apagarse; la batería estaba prácticamente agotada, por lo que decidí dejar de jugar y fijar la vista en el horizonte. ¿Cuántos cientos de kms pueden faltar?, pensé tratando de no animar mi fatalismo.

- De por aquí era Don Carumillo, dijo con un aire nostálgico el abuelo. Automáticamente busqué complicidad en la mirada de mi hermana, pero ella estaba metida dentro del recital de Divididos que sonaba exclusivamente en sus oidos. Suspiré con desánimo;

- Éramos pocos…me quejé en silencio. En la parte de adelante nadie reaccionó, irían en otro viaje, pensé y volví a suspirar, más bien resoplar. Un relato del abuelo en este momento iba a ser insufrible.

- Sí, sí, de por aca, continuó narrando sin reparar en que nadie estaba interesado en el tal Don amigo suyo. Claro que no lo conocí, aclaró el nono que para colmo hablaba lento, pausado no: lento. Cada oración duraba tres minutos así que se ponía complicado seguirle el hilo al asunto. Pero el viejo seguía… y evidentmente pensaba seguir siguiendo. Don Carumillo era conocido en toda la región. Una leyenda viva, imaginate; me dijo. Y yo ya no podía hacer otra cosa que asentir, era la única persona adentro de esa caja de zapatos que no tenía excusa para ignorarlo.

- La historia del Corto llegó hasta San Antonio, mirá si no habrá recorrido lugares, exageró. Enseguida me imagine al corto éste como un campeón de Dominó de la zona, o de alguna cosa por el estilo. Yo sabía que igualmente el problema no era mi poca predisposición a escuchar las interesantísimas cosas que el abuelo tenía para decir; sino, precisamente, que el abuelo jamás había tenído algo interesantísimo para decir y la leyenda de Don Carumillo era ya desde el vamos un bodrio asegurado.

- ¿Y qué hizo el tipo para hacerse conocido?, no pude evitar revolear los ojos mientras preguntaba.

- Y bueno…respondió el abuelo como tomando envión. Resulta que Don Carumillo estaba casado con la Mercedes. De chiquitos se conocían y como los pueblos son así, ya todos sabían que el Flaco – porque Corto le empezaron a decir de más grande – iba a casarse con la hija de los Rosales que tenían la despensa del lugar.

- ¡Faaa, qué historia de amor más loca!, le contesté para que se ahorrara los detalles.

Pero el tipo ni siquiera pestaneó y siguió con el cuento. Se lo veía concentrado, me miraba a los ojos, pero hablaba como si todo le hubiera pasado a él. Parecía que estaba viviendo lo que narraba:

- Carumillo era un pibe que sólo quería darle a Mercedes una linda casa donde criar a sus hijos. El Flaco era puro corazón y por lo que dicen, uno de los más trabajadores del lugar. Y la Mercedes, como toda niña mimada de familia medianamente acomodada tenía un carácter difícil de arriar. La rubia era de fierro, pero complicada, y cocinaba…así dicen, no? Que la Rosales hacía las empanadas de carne más ricas.

- Ahá…escupí algún sonido como para no hacer sentir mal al abuelo que realmente estaba emocionado con la historieta.

- El Flaco laburaba en una radio y ella en una boutique así que después de un tiempo de ahorro y con bastante esfuerzo se fueron armando la casita, tuvieron cuatro hijos y la misma vida que todos los matrimonios, no?

- Pero… vos los conociste a Corromillo? Porque al final parece que hubiera sido tu vecino.

- No te digo que Carrumillo, nena, Carrumillo era conocido?Si lo que le pasó al Flaco, que ya no estaba flaco desde el tercer año de casado no es joda. Dicen que la Mercedes era brava y siempre estaba reclamándole algo al Corto. Que la plata no alcanzaba, que los nenes necesitaban zapatillas, que el más chico era muy caprichoso, y vaya uno a saber qué otras cosas, no? Pero el problema era que Carumillo estaba tan embobado que nunca la contradijo, al contrario, se esforzaba más por solucionar el asunto. Y todos sabían que la Doña era verdaderamente inconformable.

Algunos, pero esto ya no se si es cierto - aclaró el abuelo – aseguran que en los últimos tiempos casi no dormía. Siempre estaba trabajando, haciendo una changuita o sacando a pasear a la familia que era su única razón de vivir.

No está muy claro cómo fue todo, pero lo que es seguro es que el Corto un día empezó a toser y no pudo parar. Hasta los vecinos escuchaban su tos seca; y luego de una hora que no se detenía decidieron llevarlo a la salita.

‘Debe estar atragantado’, diagnosticó la Doctora después de darle unos gopecitos en la espalda.

‘Pero no estábamos comiendo’, respondió preocupada la señora de Carumillo.

‘Le recomiendo que lo lleve al Hospital de la ciudad, para que lo vean allá’, propuso la Doctora con los brazos levantados a la altura de la cintura y las manos con las palmas hacia arriba.

Un vecino se ofreció a llevarlos, Don Carumillo estaba muy colorado y se notaba que le costaba mucho respirar. ‘No me asustes’, reclamaba su señora, ‘concentrate así se te pasa’. La Mercedes estaba realmente nerviosa.

En la ciudad los médicos decidieron internarlo para hacerle estudios. Pero como cuando Carumillo no tosía se apuraba a respirar no pudo responderles nada y con lo que explicaba Mercedes no alcanzaba.

- Bueno, ¿al final qué tenía?, apuré el relato con un interés sincero.

- Nunca se supo, los médicos lo mandaron a su casa. Un mes entero estuvo tosiendo, tuvo que dejar la radio y expresarse por señas, porque no podía emitir otro sonido que no fuera el carraspeo. Hasta que un buen día, la miró a Mercedes y se despachó en una suerte de monólogo con un montón de cuestiones hogareñas, ‘Me tenés harto’, concluyó. Y ese día dejó de toser.

- Y se separó!, completé.

- En realidad no, a los pocos años le volvió a agarrar lo mismo. Se ve que el tipo era tan corto que no podía contertarle a la Mercedes, entonces cuando se saturaba, se quedaba sin espacio para seguir guardando palabras adentro suyo y ahí arrancaba a toser. Se antragantaba solo el tipo, entendés?

- Sí; respondí haciéndome la superada mientras pensaba en las probabilidades que había de que a mí me pasara lo mismo.

‘A 15km YPF’, decía el cartel que acabábamos de pasar. Al fin estábamos cerca de algo! Necesitaba tomar aire.

18 de enero de 2010

En espiral

Contradecir. Decir en otra dirección
Explorar la alternativa, derivar en la tangente..


Contradecirse, habilitar un sentido nuevo para elegir diferente
no cladicar en la eterna búsqueda de la esencia propia
hablar desde una palabra, un lugar, una opción
otra


Ver con nuevos ojos lo que estaba cementado
y posibilitar infinidad de creaciones de caminos
respetar la fidelidad a uno mismo y reavivar la difícil lucha
entre sentir, pensar y hacer

aunque ello requiera desandar anteriores batallas


Comprenderse...
Permitirse y cuestionarse
Repensarse
Respetarse


Seguir sintiendo, buscando



Si nada es lineal ni circular, si las dualidades son una falacia y el tiempo un invento moderno ¿Cómo no desorientarse?

19 de diciembre de 2009

El hombre pollo II

Con ustedes el audio del Hombre pollo, canción de Jorge Marziali que subí hace unos días.. y que, vuelvo a decir, vale la pena escuchar.

16 de diciembre de 2009

Absurdos


- No!

- Si.. dale!

- No.

- No?

- No

- Pero.. por qué?

- Porque no, y listo.

- Y si..

- No.

- Entonces.. no?

- No!!

- Ok. No. Ya fue

- Bueno está bien..

1 de diciembre de 2009

Envase no retornablE

Llegará el día en que TODAS las partes del ser humano podrán reemplazarse. Será sencillo fabricar a gusto cualquier parte del cuerpo.

Entonces... sólo tendrán valor las partes originales, y serán bellos quienes hayan podido conservarse en condiciones naturales. Los hermosos no serán los de las vidrieras, sino lo que hayan mantenido sus imperfecciones. Ellos habrán alcanzado la maravillosa armonía de una anatomía rústica, pero única.

17 de noviembre de 2009

El hombre pollo

Dejo hoy una canción que escuche siempre en boca de Jorge Marziali, un canta autor mendocino con letras tiernas y un folklore no tradicional bastante pegadizos. Se trata de uno de esos cantantes que casi no suenan en las radios, pero que hicieron un trabajo que vale la pena conocer. Creo que este tema es de los mejores que compuso, pero la idea del hombre pollo, y la manera de solucionar la diferencia, hacen que se me vengan a la cabeza varias imágenes cotidianas.
Invito a explorar otros temas suyos o a leer aunque sea la letra de este.
(Me hubiera gustado dejar el audio, pero mi analfabetismo en estas cosas no me lo permitió, invitado el que quiera a pasar aunque sea un link donde se pueda escuchar el tema, así se hace más entretenido)


El hombre pollo

(Sobre una historia imaginada por Nerio Tello)

Allá por el año mil
vivió un hombre que era un pollo
Los bracitos dos muñones
y las piernas como bollos

Chiquitito y desmirriado
unas plumas por el cuero
caminaba tranco ‘e pollo
con piecitos de tres dedos

Vivía en una jaulita
al cuidado de sus padres
que era unos campesinos
de allá del país de Gales,
gente de vacas y chanchos
pavos, pollos y maizales

Un obispo que pasó
vio en ese hombre al pecado
y lo encerró en un convento
pa’ mantenerlo alejado

Pero por casualidad
un mendicante piadoso
se enteró de la existencia
de aquel hombre que era un pollo

Y de inmediato salió
A comentar por el pueblo:
“tanto amor por la riqueza
y el corazón tan pequeño;
así van a quedar todos
es el hombre que seremos…”

Los obispos no quisieron
discutir sobre esta historia
y ordenaron que al piadoso
lo mandaran pa’ la horca.

Terminó como otros muchos
incomprendidos y ausentes
Y “a otra cosa mariposa”
que es como dice la gente
Y ya nunca más se habló
de aquel hombre que era un pollo
Unos dicen que murió
encerrado, enfermo y solo
en lo oscuro de un convento
sin plumas y sin rezongos




Hace poco apareció
un versado historiador
que anduvo estudiando el tema
con paciencia y con rigor

-este es un caso testigo
dijo-, pa’ todos los que estudiamos
un hombre pollo no es pollo
es pollo, pero es humano

y descifró unas palabras
escritas por el piadoso
antes de irse pa’ la horca
tan incomprendido y solo
y ahora les voy a contar
lo que decía en el rollo:

lo escrito decía así:
“piedad para este hombre pollo
porque así serán los hombres
que vengan tras de nosotros”

“sin manos, pues no habrá nada
que construir más adelante,
Sin cerebro, ¿para qué?
si pensar de nada vale”

“Sólo les pido piedad
para este hombre que está enfermo
es la especie del mañana
es el hombre que seremos”

Y vayan con Dios, paisanos,
buenas noches, hasta más vernos..

26 de octubre de 2009

El arte de la imprecisión


Era un experto en el maquiavélico arte de la imprecisión. Su capacidad para generar incertidumbre era admirable, incluso en momentos de decisiones impostergables lograba eludir el compromiso de una afirmación llana y concreta. Lo sorprendente era que, a pesar de la reiteración del recurso, lograba mantener la expectativa.
No puede negarse que se trataba de una persona con mucha inteligencia, con habilidad para manejar situaciones y manipular conversaciones. Sin necesidad de recurrir a mentiras o promesas sin fondo conseguía hablar sin decir nada. Hacer con palabras el más absoluto de los silencios. No es tampoco que tuviera malas intenciones, simplemente se sentía incapaz de sostener verdades.
Quizá era la simpatía que engalanaba sus relaciones o la creatividad que camuflaba sus evasivas o sus hipnotizantes ojos miel, lo cierto es que había algo que sostenía su constante inconsistencia en el tiempo. Pues no hay, sino, otra forma de explicar la insistencia del resto en dialogar con el.
La más perjudicada con los inocentes escapismos cotidianos que toleraba de su parte era Ella. Una chica demasiado racional, que contaba con la soberbia suficiente como para creerse que recibiría un trato distinto. Una y otra vez intentaba inconscientemente conseguir respuestas consistentes. Una y otra vez, se encontraba repasando cada palabra del encuentro, sacado la cuenta de las diferentes interpretaciones que podía dársele a cada frase. Por alguna razón seguía sorprendiéndola su propia incapacidad para lograr una contestación segura sobre cualquier tema.
Cansada de la inestabilidad que produce el no entendimiento, se despidió en silencio de quien había escuchado tantas veces en su cabeza. Conservaba el orgullo necesario como para buscar a alguien que estuviera dispuesto a darle un trato especial. Sin demostrar demasiado lo que sentía mientras hacía el duelo, comenzó a acompañar el silencio. Él, aturdido por su liviana verborragia no supo entender que se alejaba. No reconoció la pérdida hasta que la vio materializada.
Ahí, cuando necesitó la seguridad que él nunca había dado, cuando experimentó el desconsuelo que genera la especulación sin bases sólidas y no encontró preguntas que evadir, necesitó respuestas. Entonces tomó el lugar que nunca había ocupado, esperaba de Ella las contestaciones que él era incapaz de dar. ¿Qué onda vos conmigo? ¿Somos “nosotros”? ¿Qué soy para vos? Ella lo miró con amor, se identificó en su vacío, pero creyó inútil esperar de él cosas que no sabía dar. Con sutileza esbozó un par de palabras que no podrían nunca convertirse en una oración, lo abrazó con sinceridad y con el aire nostálgico que generan las despedidas definitivas prometió una conversación a futuro.
Después hablamos cuando hablamos, le dijo; y caminó con seguridad hacia el otro lado. Así… se fue, sin pensar en las preguntas que ya no haría, que ya no importaban; de nuevo sintió el vacío típico de cada encuentro, pero por primera vez tuvo una seguridad: ya no era más que Ella, no había nada…

30 de septiembre de 2009

Más que tierra y viento


El viento derriba
puertas y ventanas inválidas.
La tierra acomoda
Autopistas y edificios sinsentido

Y las ideas…
Enmarañadas en el inestable vaivén de los discursos
Se ubican silenciosas en cada espacio
Allí permanecen. FUERTES

Eclosionan con otras
y miles de soldados
mueren en su nombre,
las salvaguardan.

Por más insulsas que parezcan
trascienden existencias;
místicamente se perpetúan…
Construyen – Deconstruyen – Reconstruyen

Y nosotros: ínfimos,
el eslabón más frágil y soberbio
enfrentamos al viento, la tierra
Y las ideas

6 de septiembre de 2009


Hasta que me duela la panza,
y se te arrugue toda la cara

Hasta que me quede sin aire,
y te pongas colorad@

Hasta que se nos caigan las lágrimas
y no aguantemos las ganas de hacer pis

quiero reir con vos

25 de agosto de 2009

Catarsis


Otra vez… esas ganas que se sentían venir con días de anticipación, y que de a poco iban en él. Desde abajo, se arrastraban hasta sus pies sin que nadie las percibiera. Lentamente, camufladas iban copando cada rincón de su ser… Lo sabía, lo sentía en el aire, en la piel y en la sangre, pero no podía hacer nada para frenarlo. Y cuando ya no había una parte de él que no estuviera controlada por esa energía extraña, lo invadía la necesidad de gritar.
De dar a luz un alarido que venía del abismo y que no terminaría hasta que sus pulmones terminaran de contraerse. Entonces, el estallido liberaría todo ese cúmulo de tensiones inexplicables.
Ramiro estaba acostumbrado, ya no oponía resistencia a su ira. Relativizaba la situación asumiendo que algunos lloran, otros se ponen ansiosos y él, simplemente, tenía ira. Por lo demás, era un pibe tranquilo.
Desde el martes que se levantó para ir a cursar comenzó a subir su termómetro; el café que se le hirvió, el disco que puso a la tarde estaba rallado… La semana parecía haber complotado en su contra, y con el suceder de sus despertares nuevas tragedias cotidianas martillaban su cabeza y contraían los músculos de su puño. Esa tarde en particular le resultó sumamente provocadora. La lluvia mientras iba a lo de Juano, la suspensión del partido, todo, todo apuntaba a lo negativo. Y así, la cosa iba empeorando.
Se iba a ir a dormir, quizá el silencio de la noche lograría calmar esas ansias que, cada vez con más fuerza, sacudían su carácter.
La primera cuadra de vuelta a su minúsculo departamento, la hizo con un perro aturdiendo sus oídos y amenazando sus talones. Ya estaba entregado al grito que venía acumulando cuando otra cosa llamó poderosamente su atención.
Era un pibe; el Ruso. Si, por la gorra, estaba seguro de que era él. Caminaba por la misma vereda, pero en dirección contraria, y mientras se acercaban, Ramiro pensaba en Ivana, la morocha que hacía años lo había dejado por él – el tiempo demostraría que Ivana estaba destinada a cambiar de amores seguido, abandonando a quien antes había elegido- Pero Ivana no importaba, lo cierto es que ahí venía el Ruso, que también lo había reconocido y que todavía no amagaba a correrse. Cuando ya no los separaba más de un metro, se miraron a los ojos y mantuvieron la vista en alto sin realizar ningún gesto con la cara. La campera de jean de Ramiro chocó con el buzo que llevaba el Ruso.
Como si alguna mano invisible hubiera agitado el banderín de largada, Ramiro giró hacia el Ruso con a velocidad impredecible, lo tomó del hombro con una mano, y con la zurda empezó a golpearlo. La sorpresa del movimiento y la fuerza de la trompada dejaron al Ruso incapaz de reaccionar.
El ataque se había desatado adentro de Ramiro y no había nadie para calmarlo. Le pegó sin saber bien lo que hacía hasta que se quedó sin envión. Entonces lo vio todo; el Ruso en el suelo entre barro y sangre, casi inconsciente; y él con el puño lastimado, dimensionando la magnitud de su inexplicable reacción. Ya no quería gritar, estaba asustado. No sabía cuánto lo había lastimado. Corrió a su casa.
Abrió la ducha sin dejar de pensar en lo que acababa de pasar. Se desconocía, nunca pensó que podía hacer algo así. El agua tibia recorría su cuerpo aflojando el temblor de sus piernas. Las gotas se disimulaban su llanto, casi imperceptible, ante la angustia de lo irremediable. El ruido del duchador escondía su vergüenza.
No había nadie a quien darle una explicación, sólo el secreto del arrepentimiento, y el íntimo temor de que volviera a suceder cuando la ira lo dominara una vez más.