29 de enero de 2011
Percepciones
12 de enero de 2011
Los reales
13 de octubre de 2010
En penitencia
18 de agosto de 2010
Escapismos
7 de julio de 2010
11 de junio de 2010
Hasta la Eternidad
20 de abril de 2010
En el fondo de un cajón.
8 de abril de 2010
Efímero existir
25 de marzo de 2010
Postales
Ahí estabas, solo, ignorando al mundo.
No necesitabas nada más; la rodeabas con el brazo, la pegabas a tu cuerpo con firmeza y con suavidad de terciopelo deslizabas de a uno tus dedos. La acariciabas. Y en cada caricia te entendías con ella como con nadie más. Entonces, cada segundo era único, mágico.
Tus ojos descansaban con disimulo y el placer de tu mirada hacia de sonrisa a tu cara mientras que tu boca murmuraba canciones que eran sólo para vos. Estabas tan ahí...
Te unías a la guitarra y desvanecías tu alrededor. Encontrabas en un acorde la felicidad que otros buscan toda la vida. La expresión más pura y transparente de lo que eras. No había miedos, ni tiempos, ni responsabilidades, ni nada más que la armonía absoluta de la música.
Y yo, ajena, disfrutaba en secreto de esas melodías como el regalo más especial. Siempre adoré esos momentos que no salían en ninguna foto... que eran sublimes... que eran sólo tuyos
25 de febrero de 2010
Entre paréntesis
5 de febrero de 2010
Travesías

Todo era árido, sólo un par de árboles en el horizonte de los alambrados siempre lejos, cada tanto había algún par de corderos pastando cerca. La aguja del velocímetro no lograba superar la rayita que marcaba el 100 y las horas de viaje hacían parecer que el mundo se movía en cámara lenta. Nada sucede cuando uno está arriba de un Renault 18, al menos nada que merezca mayor atención.
Era la hora de la siesta, pero es difícil dormir en enero cuando se viaja en compañía de 4 personas más bien robustas, en realidad uno se siente dentro de una lata de atún y la cantidad de kms que faltan hasta la próxima estación de servicio se convierten en el hecho más importante del mundo.
Así, aburrido… lisa y llanamente aburrido era el viaje que estábamos haciendo. Atravesar la provincia de Oeste a Este resultó no ser tan emocionante, y llegar a la costa ya no parecía un destino válido para semejante travesía por las desérticas rutas patagónicas.
Mi celular iba a apagarse; la batería estaba prácticamente agotada, por lo que decidí dejar de jugar y fijar la vista en el horizonte. ¿Cuántos cientos de kms pueden faltar?, pensé tratando de no animar mi fatalismo.
- De por aquí era Don Carumillo, dijo con un aire nostálgico el abuelo. Automáticamente busqué complicidad en la mirada de mi hermana, pero ella estaba metida dentro del recital de Divididos que sonaba exclusivamente en sus oidos. Suspiré con desánimo;
- Éramos pocos…me quejé en silencio. En la parte de adelante nadie reaccionó, irían en otro viaje, pensé y volví a suspirar, más bien resoplar. Un relato del abuelo en este momento iba a ser insufrible.
- Sí, sí, de por aca, continuó narrando sin reparar en que nadie estaba interesado en el tal Don amigo suyo. Claro que no lo conocí, aclaró el nono que para colmo hablaba lento, pausado no: lento. Cada oración duraba tres minutos así que se ponía complicado seguirle el hilo al asunto. Pero el viejo seguía… y evidentmente pensaba seguir siguiendo. Don Carumillo era conocido en toda la región. Una leyenda viva, imaginate; me dijo. Y yo ya no podía hacer otra cosa que asentir, era la única persona adentro de esa caja de zapatos que no tenía excusa para ignorarlo.
- La historia del Corto llegó hasta San Antonio, mirá si no habrá recorrido lugares, exageró. Enseguida me imagine al corto éste como un campeón de Dominó de la zona, o de alguna cosa por el estilo. Yo sabía que igualmente el problema no era mi poca predisposición a escuchar las interesantísimas cosas que el abuelo tenía para decir; sino, precisamente, que el abuelo jamás había tenído algo interesantísimo para decir y la leyenda de Don Carumillo era ya desde el vamos un bodrio asegurado.
- ¿Y qué hizo el tipo para hacerse conocido?, no pude evitar revolear los ojos mientras preguntaba.
- Y bueno…respondió el abuelo como tomando envión. Resulta que Don Carumillo estaba casado con la Mercedes. De chiquitos se conocían y como los pueblos son así, ya todos sabían que el Flaco – porque Corto le empezaron a decir de más grande – iba a casarse con la hija de los Rosales que tenían la despensa del lugar.
- ¡Faaa, qué historia de amor más loca!, le contesté para que se ahorrara los detalles.
Pero el tipo ni siquiera pestaneó y siguió con el cuento. Se lo veía concentrado, me miraba a los ojos, pero hablaba como si todo le hubiera pasado a él. Parecía que estaba viviendo lo que narraba:
- Carumillo era un pibe que sólo quería darle a Mercedes una linda casa donde criar a sus hijos. El Flaco era puro corazón y por lo que dicen, uno de los más trabajadores del lugar. Y la Mercedes, como toda niña mimada de familia medianamente acomodada tenía un carácter difícil de arriar. La rubia era de fierro, pero complicada, y cocinaba…así dicen, no? Que la Rosales hacía las empanadas de carne más ricas.
- Ahá…escupí algún sonido como para no hacer sentir mal al abuelo que realmente estaba emocionado con la historieta.
- El Flaco laburaba en una radio y ella en una boutique así que después de un tiempo de ahorro y con bastante esfuerzo se fueron armando la casita, tuvieron cuatro hijos y la misma vida que todos los matrimonios, no?
- Pero… vos los conociste a Corromillo? Porque al final parece que hubiera sido tu vecino.
- No te digo que Carrumillo, nena, Carrumillo era conocido?Si lo que le pasó al Flaco, que ya no estaba flaco desde el tercer año de casado no es joda. Dicen que la Mercedes era brava y siempre estaba reclamándole algo al Corto. Que la plata no alcanzaba, que los nenes necesitaban zapatillas, que el más chico era muy caprichoso, y vaya uno a saber qué otras cosas, no? Pero el problema era que Carumillo estaba tan embobado que nunca la contradijo, al contrario, se esforzaba más por solucionar el asunto. Y todos sabían que la Doña era verdaderamente inconformable.
Algunos, pero esto ya no se si es cierto - aclaró el abuelo – aseguran que en los últimos tiempos casi no dormía. Siempre estaba trabajando, haciendo una changuita o sacando a pasear a la familia que era su única razón de vivir.
No está muy claro cómo fue todo, pero lo que es seguro es que el Corto un día empezó a toser y no pudo parar. Hasta los vecinos escuchaban su tos seca; y luego de una hora que no se detenía decidieron llevarlo a la salita.
‘Debe estar atragantado’, diagnosticó la Doctora después de darle unos gopecitos en la espalda.
‘Pero no estábamos comiendo’, respondió preocupada la señora de Carumillo.
‘Le recomiendo que lo lleve al Hospital de la ciudad, para que lo vean allá’, propuso la Doctora con los brazos levantados a la altura de la cintura y las manos con las palmas hacia arriba.
Un vecino se ofreció a llevarlos, Don Carumillo estaba muy colorado y se notaba que le costaba mucho respirar. ‘No me asustes’, reclamaba su señora, ‘concentrate así se te pasa’. La Mercedes estaba realmente nerviosa.
En la ciudad los médicos decidieron internarlo para hacerle estudios. Pero como cuando Carumillo no tosía se apuraba a respirar no pudo responderles nada y con lo que explicaba Mercedes no alcanzaba.
- Bueno, ¿al final qué tenía?, apuré el relato con un interés sincero.
- Nunca se supo, los médicos lo mandaron a su casa. Un mes entero estuvo tosiendo, tuvo que dejar la radio y expresarse por señas, porque no podía emitir otro sonido que no fuera el carraspeo. Hasta que un buen día, la miró a Mercedes y se despachó en una suerte de monólogo con un montón de cuestiones hogareñas, ‘Me tenés harto’, concluyó. Y ese día dejó de toser.
- Y se separó!, completé.
- En realidad no, a los pocos años le volvió a agarrar lo mismo. Se ve que el tipo era tan corto que no podía contertarle a la Mercedes, entonces cuando se saturaba, se quedaba sin espacio para seguir guardando palabras adentro suyo y ahí arrancaba a toser. Se antragantaba solo el tipo, entendés?
- Sí; respondí haciéndome la superada mientras pensaba en las probabilidades que había de que a mí me pasara lo mismo.
‘A 15km YPF’, decía el cartel que acabábamos de pasar. Al fin estábamos cerca de algo! Necesitaba tomar aire.
18 de enero de 2010
En espiral
Contradecirse, habilitar un sentido nuevo para elegir diferente
no cladicar en la eterna búsqueda de la esencia propia
hablar desde una palabra, un lugar, una opción
otra
Ver con nuevos ojos lo que estaba cementado
y posibilitar infinidad de creaciones de caminos
respetar la fidelidad a uno mismo y reavivar la difícil lucha
entre sentir, pensar y hacer
aunque ello requiera desandar anteriores batallas
Comprenderse...
Permitirse y cuestionarse
Repensarse
Respetarse
Seguir sintiendo, buscando
Si nada es lineal ni circular, si las dualidades son una falacia y el tiempo un invento moderno ¿Cómo no desorientarse?
19 de diciembre de 2009
El hombre pollo II
16 de diciembre de 2009
Absurdos
- No!
- Si.. dale!
- No.
- No?
- No
- Pero.. por qué?
- Porque no, y listo.
- Y si..
- No.
- Entonces.. no?
- No!!
- Ok. No. Ya fue
- Bueno está bien..
1 de diciembre de 2009
Envase no retornablE


17 de noviembre de 2009
El hombre pollo
Invito a explorar otros temas suyos o a leer aunque sea la letra de este.
(Me hubiera gustado dejar el audio, pero mi analfabetismo en estas cosas no me lo permitió, invitado el que quiera a pasar aunque sea un link donde se pueda escuchar el tema, así se hace más entretenido)
El hombre pollo
(Sobre una historia imaginada por Nerio Tello)
Allá por el año mil
vivió un hombre que era un pollo
Los bracitos dos muñones
y las piernas como bollos
Chiquitito y desmirriado
unas plumas por el cuero
caminaba tranco ‘e pollo
con piecitos de tres dedos
Vivía en una jaulita
al cuidado de sus padres
que era unos campesinos
de allá del país de Gales,
gente de vacas y chanchos
pavos, pollos y maizales
Un obispo que pasó
vio en ese hombre al pecado
y lo encerró en un convento
pa’ mantenerlo alejado
Pero por casualidad
un mendicante piadoso
se enteró de la existencia
de aquel hombre que era un pollo
Y de inmediato salió
A comentar por el pueblo:
“tanto amor por la riqueza
y el corazón tan pequeño;
así van a quedar todos
es el hombre que seremos…”
Los obispos no quisieron
discutir sobre esta historia
y ordenaron que al piadoso
lo mandaran pa’ la horca.
Terminó como otros muchos
incomprendidos y ausentes
Y “a otra cosa mariposa”
que es como dice la gente
Y ya nunca más se habló
de aquel hombre que era un pollo
Unos dicen que murió
encerrado, enfermo y solo
en lo oscuro de un convento
sin plumas y sin rezongos
Hace poco apareció
un versado historiador
que anduvo estudiando el tema
con paciencia y con rigor
-este es un caso testigo
dijo-, pa’ todos los que estudiamos
un hombre pollo no es pollo
es pollo, pero es humano
y descifró unas palabras
escritas por el piadoso
antes de irse pa’ la horca
tan incomprendido y solo
y ahora les voy a contar
lo que decía en el rollo:
lo escrito decía así:
“piedad para este hombre pollo
porque así serán los hombres
que vengan tras de nosotros”
“sin manos, pues no habrá nada
que construir más adelante,
Sin cerebro, ¿para qué?
si pensar de nada vale”
“Sólo les pido piedad
para este hombre que está enfermo
es la especie del mañana
es el hombre que seremos”
Y vayan con Dios, paisanos,
buenas noches, hasta más vernos..
26 de octubre de 2009
El arte de la imprecisión

No puede negarse que se trataba de una persona con mucha inteligencia, con habilidad para manejar situaciones y manipular conversaciones. Sin necesidad de recurrir a mentiras o promesas sin fondo conseguía hablar sin decir nada. Hacer con palabras el más absoluto de los silencios. No es tampoco que tuviera malas intenciones, simplemente se sentía incapaz de sostener verdades.
Quizá era la simpatía que engalanaba sus relaciones o la creatividad que camuflaba sus evasivas o sus hipnotizantes ojos miel, lo cierto es que había algo que sostenía su constante inconsistencia en el tiempo. Pues no hay, sino, otra forma de explicar la insistencia del resto en dialogar con el.
La más perjudicada con los inocentes escapismos cotidianos que toleraba de su parte era Ella. Una chica demasiado racional, que contaba con la soberbia suficiente como para creerse que recibiría un trato distinto. Una y otra vez intentaba inconscientemente conseguir respuestas consistentes. Una y otra vez, se encontraba repasando cada palabra del encuentro, sacado la cuenta de las diferentes interpretaciones que podía dársele a cada frase. Por alguna razón seguía sorprendiéndola su propia incapacidad para lograr una contestación segura sobre cualquier tema.
Cansada de la inestabilidad que produce el no entendimiento, se despidió en silencio de quien había escuchado tantas veces en su cabeza. Conservaba el orgullo necesario como para buscar a alguien que estuviera dispuesto a darle un trato especial. Sin demostrar demasiado lo que sentía mientras hacía el duelo, comenzó a acompañar el silencio. Él, aturdido por su liviana verborragia no supo entender que se alejaba. No reconoció la pérdida hasta que la vio materializada.
Ahí, cuando necesitó la seguridad que él nunca había dado, cuando experimentó el desconsuelo que genera la especulación sin bases sólidas y no encontró preguntas que evadir, necesitó respuestas. Entonces tomó el lugar que nunca había ocupado, esperaba de Ella las contestaciones que él era incapaz de dar. ¿Qué onda vos conmigo? ¿Somos “nosotros”? ¿Qué soy para vos? Ella lo miró con amor, se identificó en su vacío, pero creyó inútil esperar de él cosas que no sabía dar. Con sutileza esbozó un par de palabras que no podrían nunca convertirse en una oración, lo abrazó con sinceridad y con el aire nostálgico que generan las despedidas definitivas prometió una conversación a futuro.
Después hablamos cuando hablamos, le dijo; y caminó con seguridad hacia el otro lado. Así… se fue, sin pensar en las preguntas que ya no haría, que ya no importaban; de nuevo sintió el vacío típico de cada encuentro, pero por primera vez tuvo una seguridad: ya no era más que Ella, no había nada…
30 de septiembre de 2009
Más que tierra y viento

puertas y ventanas inválidas.
La tierra acomoda
Autopistas y edificios sinsentido
Y las ideas…
Enmarañadas en el inestable vaivén de los discursos
Se ubican silenciosas en cada espacio
Allí permanecen. FUERTES
Eclosionan con otras
y miles de soldados
mueren en su nombre,
las salvaguardan.
Por más insulsas que parezcan
trascienden existencias;
místicamente se perpetúan…
Construyen – Deconstruyen – Reconstruyen
Y nosotros: ínfimos,
el eslabón más frágil y soberbio
enfrentamos al viento, la tierra
Y las ideas
6 de septiembre de 2009
25 de agosto de 2009
Catarsis

De dar a luz un alarido que venía del abismo y que no terminaría hasta que sus pulmones terminaran de contraerse. Entonces, el estallido liberaría todo ese cúmulo de tensiones inexplicables.
Ramiro estaba acostumbrado, ya no oponía resistencia a su ira. Relativizaba la situación asumiendo que algunos lloran, otros se ponen ansiosos y él, simplemente, tenía ira. Por lo demás, era un pibe tranquilo.
Desde el martes que se levantó para ir a cursar comenzó a subir su termómetro; el café que se le hirvió, el disco que puso a la tarde estaba rallado… La semana parecía haber complotado en su contra, y con el suceder de sus despertares nuevas tragedias cotidianas martillaban su cabeza y contraían los músculos de su puño. Esa tarde en particular le resultó sumamente provocadora. La lluvia mientras iba a lo de Juano, la suspensión del partido, todo, todo apuntaba a lo negativo. Y así, la cosa iba empeorando.
Se iba a ir a dormir, quizá el silencio de la noche lograría calmar esas ansias que, cada vez con más fuerza, sacudían su carácter.
La primera cuadra de vuelta a su minúsculo departamento, la hizo con un perro aturdiendo sus oídos y amenazando sus talones. Ya estaba entregado al grito que venía acumulando cuando otra cosa llamó poderosamente su atención.
Era un pibe; el Ruso. Si, por la gorra, estaba seguro de que era él. Caminaba por la misma vereda, pero en dirección contraria, y mientras se acercaban, Ramiro pensaba en Ivana, la morocha que hacía años lo había dejado por él – el tiempo demostraría que Ivana estaba destinada a cambiar de amores seguido, abandonando a quien antes había elegido- Pero Ivana no importaba, lo cierto es que ahí venía el Ruso, que también lo había reconocido y que todavía no amagaba a correrse. Cuando ya no los separaba más de un metro, se miraron a los ojos y mantuvieron la vista en alto sin realizar ningún gesto con la cara. La campera de jean de Ramiro chocó con el buzo que llevaba el Ruso.
Como si alguna mano invisible hubiera agitado el banderín de largada, Ramiro giró hacia el Ruso con a velocidad impredecible, lo tomó del hombro con una mano, y con la zurda empezó a golpearlo. La sorpresa del movimiento y la fuerza de la trompada dejaron al Ruso incapaz de reaccionar.
El ataque se había desatado adentro de Ramiro y no había nadie para calmarlo. Le pegó sin saber bien lo que hacía hasta que se quedó sin envión. Entonces lo vio todo; el Ruso en el suelo entre barro y sangre, casi inconsciente; y él con el puño lastimado, dimensionando la magnitud de su inexplicable reacción. Ya no quería gritar, estaba asustado. No sabía cuánto lo había lastimado. Corrió a su casa.
Abrió la ducha sin dejar de pensar en lo que acababa de pasar. Se desconocía, nunca pensó que podía hacer algo así. El agua tibia recorría su cuerpo aflojando el temblor de sus piernas. Las gotas se disimulaban su llanto, casi imperceptible, ante la angustia de lo irremediable. El ruido del duchador escondía su vergüenza.
No había nadie a quien darle una explicación, sólo el secreto del arrepentimiento, y el íntimo temor de que volviera a suceder cuando la ira lo dominara una vez más.







