25 de agosto de 2009

Catarsis


Otra vez… esas ganas que se sentían venir con días de anticipación, y que de a poco iban en él. Desde abajo, se arrastraban hasta sus pies sin que nadie las percibiera. Lentamente, camufladas iban copando cada rincón de su ser… Lo sabía, lo sentía en el aire, en la piel y en la sangre, pero no podía hacer nada para frenarlo. Y cuando ya no había una parte de él que no estuviera controlada por esa energía extraña, lo invadía la necesidad de gritar.
De dar a luz un alarido que venía del abismo y que no terminaría hasta que sus pulmones terminaran de contraerse. Entonces, el estallido liberaría todo ese cúmulo de tensiones inexplicables.
Ramiro estaba acostumbrado, ya no oponía resistencia a su ira. Relativizaba la situación asumiendo que algunos lloran, otros se ponen ansiosos y él, simplemente, tenía ira. Por lo demás, era un pibe tranquilo.
Desde el martes que se levantó para ir a cursar comenzó a subir su termómetro; el café que se le hirvió, el disco que puso a la tarde estaba rallado… La semana parecía haber complotado en su contra, y con el suceder de sus despertares nuevas tragedias cotidianas martillaban su cabeza y contraían los músculos de su puño. Esa tarde en particular le resultó sumamente provocadora. La lluvia mientras iba a lo de Juano, la suspensión del partido, todo, todo apuntaba a lo negativo. Y así, la cosa iba empeorando.
Se iba a ir a dormir, quizá el silencio de la noche lograría calmar esas ansias que, cada vez con más fuerza, sacudían su carácter.
La primera cuadra de vuelta a su minúsculo departamento, la hizo con un perro aturdiendo sus oídos y amenazando sus talones. Ya estaba entregado al grito que venía acumulando cuando otra cosa llamó poderosamente su atención.
Era un pibe; el Ruso. Si, por la gorra, estaba seguro de que era él. Caminaba por la misma vereda, pero en dirección contraria, y mientras se acercaban, Ramiro pensaba en Ivana, la morocha que hacía años lo había dejado por él – el tiempo demostraría que Ivana estaba destinada a cambiar de amores seguido, abandonando a quien antes había elegido- Pero Ivana no importaba, lo cierto es que ahí venía el Ruso, que también lo había reconocido y que todavía no amagaba a correrse. Cuando ya no los separaba más de un metro, se miraron a los ojos y mantuvieron la vista en alto sin realizar ningún gesto con la cara. La campera de jean de Ramiro chocó con el buzo que llevaba el Ruso.
Como si alguna mano invisible hubiera agitado el banderín de largada, Ramiro giró hacia el Ruso con a velocidad impredecible, lo tomó del hombro con una mano, y con la zurda empezó a golpearlo. La sorpresa del movimiento y la fuerza de la trompada dejaron al Ruso incapaz de reaccionar.
El ataque se había desatado adentro de Ramiro y no había nadie para calmarlo. Le pegó sin saber bien lo que hacía hasta que se quedó sin envión. Entonces lo vio todo; el Ruso en el suelo entre barro y sangre, casi inconsciente; y él con el puño lastimado, dimensionando la magnitud de su inexplicable reacción. Ya no quería gritar, estaba asustado. No sabía cuánto lo había lastimado. Corrió a su casa.
Abrió la ducha sin dejar de pensar en lo que acababa de pasar. Se desconocía, nunca pensó que podía hacer algo así. El agua tibia recorría su cuerpo aflojando el temblor de sus piernas. Las gotas se disimulaban su llanto, casi imperceptible, ante la angustia de lo irremediable. El ruido del duchador escondía su vergüenza.
No había nadie a quien darle una explicación, sólo el secreto del arrepentimiento, y el íntimo temor de que volviera a suceder cuando la ira lo dominara una vez más.

12 de agosto de 2009

Tierra de oportunidades


Pachamama. Mamá Tierra. El primero de agosto fue el día en que los pueblos originarios homenajearon a la tierra, y desde hace varios días vengo pensando algo para decir al respecto. Sin embargo, cada vez que una idea del tipo manifiesto ecologista se me cruzaba por la cabeza, venía acompañada de una sensación de propia hipocresía.

¿Cómo hablar sobre el respeto a la tierra si tengo miles de hábitos que la perjudican? Siempre reclamé una política de protección del medioambiente a nivel nacional, no tiro basura al suelo, separo mis residuos; y sin embargo, por el tipo de vida que llevo, el de los argentinos en general, serían necesarios dos planetas para mantener el nivel de consumo: uno para producir, y otro para depositar todo lo que ya no utilizo. Cuando ponemos las cosas en una bolsita y después las llevamos al tacho de basura, no desaparecen, se van a otro lugar y ahí se acumulan… y después? No se… después vemos.

Nuestro sistema de producción no tiene lógica, y en tanto sigamos manteniéndolo no va a haber vuelta atrás, definitivamente, con reciclar el papel que usamos no alcanza. Ni siquiera cuidamos el suelo, las fuentes de agua y los bosques, todo se vende. Y este lugar, el único en el que podemos vivir, va a ir deshaciéndose de a poco. ¿Hace falta hablar del derretimiento de los glaciares, los incendios de los bosques, el agujero de la capa de ozono, el calentamiento global, o la destrucción del Amazonas? Que bajón para los que vivan dentro de cien años acá.

Lo interesante, es que a pesar de tener diferentes tipos de organización social, de creencias religiosas, de producción, todos los pueblos originarios demostraban el respeto a la Tierra, vivían en función de su equilibrio. Entendían que los recursos naturales, los animales y la vegetación, incluso el hombre son parte de un mismo todo: La Pachamama. Nosotros somos parte de ella, le pertenecemos.

No entiendo la parte en que cambiamos la oportunidad de vivir en conexión con la tierra por autos y celulares. Siempre me acuerdo de la frase que tenía estampada una remera que usaba cuando era chica: Los pueblos de la Patagonia no llegaron a la Luna, tampoco destruyeron el planeta”.